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La Sagrada Familia y el costo moral de las deportaciones masivas

Una pintura digital de una mujer usando un teléfono inteligente de noche, al aire libre, experimentando miedo.
La Fiesta de la Sagrada Familia suele evocar imágenes apacibles: un hogar tranquilo, padres obedientes, un niño sereno. Pero el Evangelio de este domingo rechaza el sentimentalismo. Presenta una verdad más cruda. La Sagrada Familia no está a salvo. Se enfrenta a amenazas. Y para proteger a su hijo, se ven obligados a huir.

José se despierta por la noche con una advertencia: Herodes busca al niño (Mt 2:13-15, 19-23). ​​No hay posibilidad de apelación, ni tiempo para planificar, ni garantía de seguridad. La familia parte de inmediato. Cruzan fronteras para sobrevivir. Jesús entra en la historia humana no solo en un pesebre, sino como un niño desplazado por la violencia. Esto es importante para la forma en que escuchamos el Evangelio hoy.

La Doctrina Social de la Iglesia comienza con la dignidad de cada persona humana. Toda vida es sagrada, no por la ciudadanía, la productividad o la legalidad, sino porque cada persona está hecha a imagen de Dios. Cuando las familias son destrozadas por las deportaciones masivas y los niños viven con el miedo constante a la separación, esa dignidad no solo está amenazada, sino que es negada.

El Evangelio nos muestra a dónde conduce esta negación.

Herodes no teme a un ejército; teme a un niño. Etiqueta a ese niño como una amenaza para el orden y la estabilidad. Una vez que los vulnerables son vistos como peligrosos, la violencia se vuelve justificable. La lógica es cruel: si la seguridad debe mantenerse a toda costa, entonces algunas vidas se vuelven prescindibles. Lo que sucede después es desastroso. Todos los niños varones que podrían ser reyes son asesinados. El poder se impone decidiendo qué vidas merecen ser protegidas y cuáles pueden ser sacrificadas.

Esto no es historia antigua; es un patrón que sigue muy vigente hoy en día.

La Doctrina Social de la Iglesia enfatiza que la autoridad existe para servir a la vida, no para eliminar las amenazas percibidas. Cuando el poder trata a las familias como daños colaterales, cuando los niños se vuelven prescindibles en nombre de la seguridad, el resultado no es orden, sino colapso moral. La ley del más fuerte no es gobernanza; es dominación disfrazada de necesidad.

El Papa Francisco, en Amoris Laetitia, recuerda a la Iglesia que la familia no es solo un problema que resolver, sino una entidad sagrada que proteger. Las familias son comunidades vivas donde la dignidad se aprende y se protege en primer lugar. Cuando las políticas impulsadas por el miedo rompen los lazos familiares, algo sagrado se rompe. Aceptar ese daño como inevitable no es neutralidad; es consentir una lógica que el Evangelio rechaza.

La Sagrada Familia se opone directamente a la lógica de Herodes. Dios no responde a las amenazas con mayor fuerza. En cambio, responde confiando la vida a una familia. José no desafía a Herodes en sus propios términos; los rechaza. Protege la vida alejándola del peligro. María asiente de nuevo, sin saber cuánto durará su exilio ni cuál será el precio del regreso.

Esto no es un signo de debilidad.

Es claridad moral arraigada en el Evangelio.

Cuando las deportaciones masivas se vuelven rutinarias, algo sucede no solo a quienes son expulsados, sino también a quienes se quedan. Nuestra imaginación moral se atrofia. Nos acostumbramos al daño a gran escala. Con el tiempo, el alma aprende a ver la crueldad como algo normal.

Por eso, esta fiesta no trata solo de los valores familiares. Se trata de conversión.

Sirácides nos insta a honrar a quienes dependen de nosotros (Sir 3:2-6, 12-14). Pablo anima a las comunidades a adoptar la compasión, la humildad y la paciencia (Col 3:12-21). Estas no son virtudes privadas; son prácticas sociales. Dan forma a quienes nos convertimos cuando el miedo se organiza y el sufrimiento se justifica.

La Sagrada Familia plantea una pregunta difícil: no si el poder puede defenderse a sí mismo, sino si protegeremos la vida incluso cuando nos cueste algo.

Porque siempre que las familias se ven obligadas a vivir con miedo, Cristo está presente.

Y siempre que ese miedo se acepta como necesario, algo muere dentro de nosotros.

La claridad moral del Evangelio no nos permite llamar a eso fidelidad.

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