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La migración más gloriosa

Un colorido mosaico de la Sagrada Familia.La Navidad no llega porque el mundo sea perfecto. El ruido no ha cesado. El miedo sigue guiando las decisiones. Las familias siguen desplazadas y personas sin antecedentes penales son deportadas.

La violencia sigue cobrándose vidas. Sin embargo, la Navidad llega de todos modos, no como un escape de la realidad, sino como la decisión de Dios de entrar en ella.

Isaías describe a un mensajero corriendo por las montañas con buenas noticias después de la guerra y el exilio (Isaías 52:7-10). Jerusalén ha sido destruida. El pueblo ha sido dispersado. La ciudad yace en ruinas. Las heridas aún están abiertas. Nada es perfecto. Sin embargo, el mensaje es claro: Dios reina. La salvación no comienza con la restauración de todo, sino con la presencia de Dios. Dios no espera a que la historia se complete antes de intervenir en ella.

Hebreos profundiza en esta afirmación (Hebreos 1:1-6). Dios no envía otra instrucción ni delega la tarea a intermediarios. Dios envía al Hijo, la Palabra. No una idea. No un sistema. Una persona que nos acompaña. El Hijo es el Perfecto, plenamente humano y plenamente divino, a través de quien Dios habla clara y decisivamente. Dios elige la cercanía en lugar de la distancia, la vulnerabilidad en lugar de la fuerza.

Y Juan expone el misterio con claridad: la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. No por encima de nosotros. No a salvo y distante. Entre nosotros, dentro de un cuerpo que puede ser tocado, amenazado y herido, expuesto a las mismas fuerzas que dan forma a toda vida humana (Juan 1:1-5, 9-14). Los cristianos llaman a este misterio la Encarnación. También podríamos llamarlo la migración más gloriosa que el mundo haya conocido jamás.

Esta migración implica un riesgo genuino. El Hijo asume un cuerpo que puede ser desplazado, herido y crucificado. La Escritura le da a este niño un nombre: Emanuel, Dios con nosotros, que elige entrar en la vida humana en la carne del Hijo. Desde el principio, Emanuel significa Dios en movimiento, optando por la vulnerabilidad en lugar de la seguridad, la proximidad en lugar del poder. La Encarnación no es Dios fingiendo ser humano; es Dios uniéndose a la condición humana.

Esto es la Navidad. En momentos como estos, cuando tanto los poderosos como los humildes parecen haber perdido el rumbo, el instinto nos impulsa a trabajar más duro, a organizarnos mejor y a legislar con mayor rapidez, y a creer que, si encontramos la estrategia adecuada, podremos mantener todo unido y disipar la oscuridad. Pero el exilio tiene la particularidad de revelar nuestras limitaciones.

La Navidad nos revela la verdad sobre nosotros mismos en momentos como este. Hay ocasiones en que la crueldad parece estar mejor organizada que la compasión, cuando el miedo parece prevalecer y el peso de la historia nos oprime más de lo que podemos soportar. No podemos vencer al mal con una mejor organización. No podemos erradicar la crueldad mediante leyes. No podemos cargar con todo el peso de lo que ha salido mal sobre nuestros propios hombros. Esto no es desesperanza. Es honestidad. Y la Navidad es la respuesta de Dios a esa honestidad.

Esto es de suma importancia en un mundo marcado por la migración y el desplazamiento.

Jesús, el migrante que se hizo carne, nació bajo la ocupación. Su familia pronto huiría de la violencia. Cruzaron fronteras para proteger su vida. Desde el principio, Dios con nosotros está ligado al movimiento, al riesgo y a la incertidumbre. La Encarnación no evita estas realidades, sino que las santifica a través de la presencia de Dios.

Decir Emanuel no es pretender consuelo ni control. Es reconocer nuestra necesidad: de una gracia que no podemos generar, de resultados que no podemos garantizar y de una presencia que no nos abandona ni siquiera cuando la protección no está asegurada.

Dios con nosotros cuando los sistemas fallan.

Dios con nosotros cuando las familias deben elegir entre quedarse o irse.

Dios con nosotros cuando la seguridad no puede garantizarse de antemano.

La Palabra no borra la oscuridad. La Palabra entra en ella. La luz brilla, y la oscuridad no la vence, pero la oscuridad sigue siendo algo que debemos atravesar, no algo que podamos simplemente desear que desaparezca.

La Encarnación significa que Dios se compromete con la larga tarea del acompañamiento.

Dios con nosotros, aquí y ahora.

No después de que las cosas se calmen.

No cuando la seguridad esté garantizada.

No cuando el miedo ceda.

Aquí. Ahora. En la carne. En la historia. En medio de lo que aún está inconcluso.

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