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El largo tiempo intermedio del Adviento

Velas de Adviento en el Domingo de GaudeteEs fácil perder la esperanza en medio de todo. No al comienzo, cuando la energía abunda. No al final, cuando algo por fin se mueve. La esperanza se desgasta en ese largo tramo intermedio—cuando los sistemas no ceden, cuando la labor de acogida se siente pequeña ante el peso del miedo, el poder y la fatiga, y cuando las familias viven bajo la amenaza constante de ser separadas.

Así se encuentran muchas personas en la tercera semana de Adviento: cansadas, vigilantes y preguntándose en silencio si algo de esto está marcando la diferencia.

Juan el Bautista conoce este lugar.

Cuando Juan envía a sus discípulos a Jesús, no lo está probando ni tendiéndole una trampa. Le pregunta desde la cárcel. La pregunta: "¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?" proviene de alguien que ha apostado su vida por una promesa y ahora está pagando el precio. Juan ya no predica junto al río. Ya no está al mando. Está encerrado, separado del futuro que imaginaba. La esperanza arde en este momento. Se ha debilitado por la demora.

Hay algo profundamente honesto en eso. La fe se ve diferente cuando te han arrebatado la libertad, cuando tu voz ya no se escucha, cuando la causa en la que creías sigue avanzando sin ti. La pregunta de Juan expresa una especie de duda que no proviene de la indiferencia, sino de esperar demasiado tiempo un cambio que llega lentamente, o que no llega.

Jesús no corrige a Juan. No lo avergüenza por dudar ni lo insta a tener más confianza. En cambio, señala lo que sucede silenciosamente e insistentemente entre quienes suelen ser ignorados. Los ciegos ven. Los cojos caminan. Los pobres escuchan la buena noticia. Estas no son victorias rotundas ni reveses políticos. Son pequeñas señales encarnadas de que Dios está obrando en lugares que los poderosos rara vez notan y a menudo ignoran.

El Salmo Responsorial del domingo (146,6-10) expresa esa misma esperanza. No purifica el mundo. Lo describe como es: gente hambrienta, encarcelada, desplazada, abatida. El salmo no nos pide que apartemos la mirada ni se apresura a consolarnos. Sin embargo, se niega a considerar esta realidad definitiva. La fidelidad de Dios se manifiesta en acciones concretas: al alimentar al hambriento, al levantar al quebrantado y al velar por el extranjero. La visión de justicia aquí está firmemente arraigada en la vida cotidiana.

Y aun así, la tensión persiste.

En algún lugar se libera a prisioneros, pero Juan permanece en prisión. El salmista proclama la libertad; sin embargo, incluso hoy muchos siguen confinados por leyes, fronteras, la economía y el miedo. El Adviento no se apresura a superar esta contradicción. No la resuelve con respuestas fáciles. En cambio, nos enseña a vivir en ella sin dejar que nos vacíe ni endurezca nuestros corazones.

Aquí es donde la esperanza se convierte en trabajo. Ya no es un sentimiento en el que se cae, sino una disciplina a la que se regresa. La esperanza entrena la mirada para percibir la dignidad que resurge en lugares inesperados, incluso cuando el progreso es desigual y los resultados son inciertos. Resiste la mentira de que el cinismo es claridad. Insiste en seguir siendo humano en sistemas que premian la insensibilidad, la sumisión y la distancia en lugar del cuidado.

Para quienes caminan con familias migrantes, esta tensión no es solo teórica. Vemos el daño de primera mano. Las políticas duelen. La detención traumatiza. La separación familiar deja cicatrices que perduran mucho después de que se resuelven los trámites y los aviones aterrizan en tierras extranjeras. Nombrar estas verdades es parte del testimonio del Evangelio. Merecen ser expresadas con claridad, sin exageraciones y sin crueldad.

Pero el Adviento insiste en que digamos más que eso.

Nos pregunta si también estamos dispuestos a resistir la desesperación. Si creemos que el miedo y la exclusión lo cuentan todo. Si podemos nombrar la gracia sin negar el daño. En la vida pastoral real, la gracia a menudo aparece silenciosamente: en el acompañamiento que no abandona, en las comunidades que siguen haciendo espacio, en las personas que eligen la valentía cuando sería más fácil retirarse.

La vela rosa representa la tercera semana de Adviento y revela la verdad sin sentimentalismo. Esta no es la alegría que nace de la resolución o la llegada. Juan permanece en prisión; las familias aún se despiertan con el sonido de botas en las aceras y motores al ralentí antes del amanecer. Las camionetas sin identificación permanecen. Agentes enmascarados siguen traumatizando a comunidades que ya viven al límite. Las puertas permanecen cerradas. Los niños aprenden a escuchar los sonidos de miedo en las voces de sus padres.

El rosa no reemplaza al morado; lo interrumpe. Lo que indica no es alivio, sino regocijo; no una sensación de que todo está bien, sino un acto desafiante arraigado en la confianza. Este regocijo se arraiga en la fe: la tenaz confianza en que el terror no llega a definir la historia. Es la fuerza para seguir eligiendo la bienvenida cuando el miedo se organiza e impone, para seguir construyendo círculos de pertenencia cuando el trabajo se siente frágil y la resistencia arraigada. Es la convicción de que el reino de Dios no depende de nuestro éxito diario, visibilidad o velocidad, sino de la fidelidad practicada una y otra vez, incluso en el largo camino intermedio donde la esperanza es más difícil de mantener.

Jesús concluye su mensaje a Juan con una bendición inquietante: «Bienaventurado el que no se escandalice de mí». Jesús le pide a Juan (y a nosotros) valentía: la valentía para permanecer fieles cuando la obra de Dios parece lenta, ineficaz o incluso estancada. Esta bendición pertenece a quienes no se alejan cuando la justicia avanza lentamente, cuando la liberación es parcial y cuando la fidelidad se siente expuesta y vulnerable. Bienaventurados los que se quedan cuando el camino a seguir es incierto y el precio de la espera es real.

Es fácil creer que esta es una batalla perdida. El Adviento no oculta ese sentimiento. En cambio, nos pregunta algo más exigente: si estamos dispuestos a permanecer atentos a la obra de Dios donde la dignidad aún se está restaurando: una familia, un acto de cuidado, una obstinada negativa a rendirse a la vez. Esa clase de esperanza no se anuncia con el sonido de trompetas. Permanece firme. Respira. Y se regocija.

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