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Cuando los cristianos le cierran la puerta a Cristo

Detrás de las rejas.

El sótano del centro de detención del ICE en Los Ángeles es frío. Las familias esperan en un pasillo estrecho construido con un solo propósito: mantenerlas fuera de una puerta cerrada que no pueden abrir.

Un padre se frota la nuca para no temblar mientras espera ver a su hijo. Una abuela reza el Padre Nuestro en voz baja. Una joven mira constantemente la hora porque teme que su transporte a casa se vaya sin ella. Todos allí saben que este lugar no fue construido pensando en la misericordia. Es un espacio donde la esperanza llega en pequeños y persistentes destellos.

Esa escena me vino a la mente mientras oraba con Marcos 1:40-41, donde un leproso se acerca a Jesús y le ruega: «Si quieres, puedes limpiarme». El Evangelio dice que Jesús se compadeció profundamente, una frase que significa más que sentir lástima. Significa que todo su ser respondió. Extendió la mano, tocó al hombre y lo sanó. En un mundo que le decía que se mantuviera alejado, Jesús se acercó. En un sistema que expulsaba a los enfermos de la ciudad, Jesús se acercó a aquellos a quienes nadie más se atrevía a tocar.

Para las comunidades de fe, este momento no es solo un milagro, sino una guía. Jesús nos muestra cómo adentrarnos en lugares donde el miedo se ha apoderado de todo. Nos enseña cómo acercarnos a quienes nuestra sociedad mantiene a distancia, no con lástima, sino con presencia; no con palabras, sino con contacto físico. En nuestra época, esto incluye a migrantes, detenidos, trabajadores con bajos salarios y familias que viven al borde del olvido.

Y aun así, a pesar de la necesidad, a pesar de las súplicas, a pesar del dolor silencioso de las familias que esperan en esos pasillos fríos, los capellanes comunitarios se quedan fuera. No una ni dos veces, sino una y otra vez. Nos dicen que es una cuestión de trámites, de tiempos o de seguridad. Pero las personas de fe saben que no es así. Cuando se les niega la atención a quienes sufren, no es un problema burocrático. Es una herida.

Seamos honestos como lo fue Jesús: este tipo de barrera no es neutral. Distorsiona la dignidad que Dios otorga. Deja a las personas atemorizadas cargando solas con su miedo. Y cuando los seguidores de Cristo permiten que ese tipo de aislamiento persista —ya sea por silencio, demora o indiferencia— nos alejamos del ejemplo que decimos seguir.

Cuando el leproso suplicó: «Si quieres, puedes limpiarme», Jesús no dudó. No formó un comité, no rellenó ningún formulario ni esperó respuesta de Washington. Dijo: «Sí, quiero. Queda limpio». Así de simple. Un sí claro e inmediato para alguien que había sufrido durante mucho tiempo. En un país que a menudo se autodenomina cristiano, facilitar el acceso a los capellanes debería ser igual de sencillo. Nadie debería tener que rogar por la atención espiritual que Jesús brindó sin dudar. El Evangelio nos muestra que la compasión divina no espera.

La Doctrina Social de la Iglesia nos recuerda que toda persona —sin excepción— posee una dignidad inquebrantable porque está hecha a imagen de Dios. Esa dignidad no desaparece en la detención. No depende de papeleo ni de nacionalidad. Cuando negamos a las personas el acceso a la atención espiritual, negamos parte de lo que nos hace humanos.

Es aquí donde el Evangelio nos interpela.

Cuando Jesús tocó al leproso, hizo más que sanar un cuerpo. Restauró a alguien que había sido marginado durante años. Rompió un silencio que había aplastado una vida y lo reintegró a su comunidad. Demostró que la compasión de Dios no espera el permiso de quienes ostentan el poder.

Las comunidades de hoy pueden seguir ese mismo camino, no asaltando edificios ni gritando a los funcionarios, sino asumiendo la labor silenciosa y constante del acompañamiento. Nos hacemos presentes. Permanecemos ante la puerta cerrada. Oramos con nuestros pasos. Escribimos cartas a los detenidos que temen haber sido borrados de la historia. Capacitamos a voluntarios que pueden ayudar a las familias a afrontar las audiencias. Caminamos con las personas que han sido ignoradas y deshumanizadas. Nos negamos a dejar que nadie afronte el abandono en soledad.

Así es como la hospitalidad se convierte en resistencia. Interrumpe la mentira de que algunas vidas importan menos. Sana las divisiones poniendo manos y corazones humanos donde los sistemas han dejado una fría distancia. Refleja la decisión de Jesús de cruzar la frontera que nadie más se atrevería a cruzar.

Algunos dirán que esta obra es demasiado pequeña para importar. Pero el Evangelio está lleno de pequeños actos que cambiaron el mundo: un toque, una palabra, una comida compartida, una puerta abierta. Cuando el miedo intenta dictar las condiciones de la vida comunitaria, los creyentes responden ampliando la mesa. Cuando las personas son marginadas, los discípulos también se colocan allí, porque es donde Jesús suele ir.

Y en esas salas de espera subterráneas —en las filas, el silencio y la atmósfera opresiva— Dios ya está obrando. Se puede ver en el vecino que le da una botella de agua a un desconocido. En la mujer que lleva insulina extra o un rosario para alguien a quien nunca ha visto. En las oraciones silenciosas de personas que no están seguras de que alguien las escuche. No son grandes gestos. Son semillas del reino que Jesús proclamó.

El Evangelio nos llama a romper el silencio que oculta el sufrimiento. Nos llama a acoger a quienes cargan con pesadas cargas. Nos llama a estar presentes donde la esperanza parece desvanecerse y afirmar, con nuestra presencia, que Dios no ha olvidado a nadie.

El mal puede construir muros, pero Cristo sabe cómo atravesarlos. Y cuando las comunidades eligen la valentía en lugar del silencio, la ternura en lugar del miedo y la dignidad en lugar de la indiferencia, el reino de Dios se acerca, a menudo de maneras inesperadas, impulsado por personas comunes que se niegan a dejar de estar presentes.

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