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Antes de que la luz se aclare

Un retoño brotará del tronco de JeséHay momentos en la vida en los que nos damos cuenta de lo abarrotado que está nuestro mundo interior, no de ruido, sino de expectativas. El Adviento comienza invitándonos a observar este silencioso desorden, no para avergonzarnos, sino para crear espacio donde la esperanza pueda respirar de nuevo.

Ese es el corazón del Evangelio de este domingo. Mateo nos dice que Juan el Bautista aparece en el desierto proclamando: «Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos se ha acercado» (Mateo 3:1-2). Su mensaje no es refinado. No es amable. Pero es honesto. Juan se dirige a personas que, como nosotros, cargan con mucho más de lo que admiten. Su llamado al «arrepentimiento» no se trata de culpa; se trata de dar la vuelta para que finalmente podamos enfrentar a Aquel que da vida.

Juan elige el desierto para este anuncio. El desierto despoja de lo innecesario. Hace visible lo esencial. En ese paisaje crudo, la verdad se siente más cerca, y las palabras de Juan se sienten menos como una orden y más como una invitación: «Deja ir lo que te deprime. Haz espacio para Aquel que viene». Luego vienen las imágenes que muchos tratamos de evitar: el hacha puesta a la raíz, el bieldo en la mano y el fuego que quema la paja (Mateo 3:10-12). Estas imágenes suenan duras hasta que nos preguntamos qué describe realmente Juan. El hacha corta lo que ya no da fruto. El bieldo levanta el grano para que el viento se lleve lo hueco. El fuego quema solo lo que no nos nutre. Estas no son imágenes de castigo, sino de liberación.

Isaías nos presenta la imagen al otro lado de este claro: «Un retoño brotará del tronco de Jesé» (Isaías 11:1). Un tronco parece el final de la historia. Es lo que queda después de la pérdida o el fracaso. Es el símbolo de lo que una vez fue y nunca volverá a ser. Sin embargo, Isaías insiste en que una rama aún puede levantarse. La vida aún puede abrirse paso entre la madera vieja. La esperanza aún puede sorprendernos.

Juan nos prepara para esa sorpresa. Nos insta a abandonar los hábitos o miedos que ahogan la tierra. El Adviento es la época en la que Dios se acerca lo suficiente como para tocar las raíces de nuestras vidas y podarlas con cuidado.

Pablo, escribiendo a los romanos, añade que las Escrituras nos animan para que tengamos esperanza (Romanos 15:4). No una esperanza artificial. No una positividad superficial. Una esperanza que surge de la obra constante de Dios bajo la superficie, una obra que a menudo no vemos hasta que algo nuevo comienza a crecer.

Hay un profundo consuelo en el mensaje de Juan. No nos pide que despejemos todo el desierto ni que lo arreglemos todo de una vez. Simplemente pide espacio, que se abra un camino. La mayoría de nosotros no necesitamos una transformación radical; necesitamos un cambio sincero. Una pequeña limpieza. Una decisión de soltarnos y dejar que Dios ilumine los espacios estrechos.

Y parte de ese cambio es cómo vemos y tratamos a quienes son marginados por nuestra sociedad. El Adviento no nos permite apartar la mirada de quienes ven sus vidas dificultadas por el miedo, la sospecha o la indiferencia, especialmente los migrantes y refugiados, quienes cargan con historias de pérdida que evocan el desierto mismo. El arrepentimiento significa alejarnos de las actitudes que endurecen nuestros corazones y acercarnos a la compasión que Jesús muestra en cada encuentro. Significa reconocer la dignidad que hemos pasado por alto y permitir que Dios suavice lo que se ha endurecido en nosotros para que podamos dar espacio a otros para que respiren y se sientan parte.

El Adviento promete que Dios ya está avanzando hacia nosotros. El trabajo no es solo nuestro. La limpieza es compartida. La transformación se produce con gracia.

La voz de Juan en el desierto no es una amenaza. Es un rescate. Nos llama de vuelta al Dios que aún da vida a partir de los troncos, que aún separa el buen grano de la paja, que aún prepara un camino en lugares que creíamos intransitables.

Por eso la Eucaristía se convierte en nuestra maestra. Cuando nos acercamos con las manos abiertas, practicamos lo que Juan predica. Dejamos a un lado nuestro desorden el tiempo suficiente para recibir lo que no podemos ganar: la presencia de Dios ofrecida libremente, la fuerza de Dios dada con ternura, la esperanza de Dios depositada en nosotros como semilla en buena tierra. La mesa se convierte en el claro donde Dios restaura lo que ha sido talado e ilumina lo que se ha apagado.

El Adviento promete que Dios no ha terminado. Ni con nosotros. Ni con nuestra historia. Ni con el desierto.

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